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jueves, 15 de marzo de 2012

LOVECRAFT: 75 AÑOS DE TERROR CÓSMICO

Setenta y cinco años sin Lovecraft, pero está más vivo que nunca.

UnH Ediciones preparó este documental-tributo:



Aquí podrán revisar algunos puntos importantes en la vida y obra del demiurgo de Providence.

Y aquí, textos de Bloch, Savater y más.

martes, 31 de enero de 2012

HOUELLEBECQ SOBRE LOVECRAFT

De nuestro emotivo libro de la semana, les compartimos estas iluminaciones de Houellebecq sobre Lovecraft:

* "La lectura de Lovecraft constituye un paradójico consuelo para las almas cansadas de la vida".

* "Un odio absoluto hacia el mundo en general, agravado por una particular repugnancia hacia el mundo moderno. Eso resume bastante bien la actitud de Lovecraft".

* "Los escritos de Lovecraft tienen un sólo objetivo: llevar al lector a un estado de fascinación. Los únicos sentimientos humanos de los que quiere oír hablar son la maravilla y el pánico. Construye su universo sobre ellos, y exclusivamente sobre ellos".

* "Lovecraft era un arquitecto innato, y tenía muy poco de pintor; sus colores no son auténticos colores; son más bien atmósferas o, para ser preciso, iluminaciones, cuya única función es realzar las arquitecturas descritas. Siente especial predilección por los resplandores mortecinos de una luna gibosa y decreciente; pero no desdeña la explosión sangrienta y carmesí de un crepúsculo romántico ni la limpidez cristalina de un azur inaccesible".

* "Lovecraft no quiere describir psicosis, sino realidades repugnantes".

* "Lovecraft aspira a un terror objetivo. Un terror liberado de cualquier connotación psicológica o humana".

* "Lovecraft dese crear un universo fantástico capaz de aterrorizar a cualquier criatura dotada de razón".

* "Los héroes de Lovecraft se despojan de cualquier signo de vida, renuncian a cualquier alegría humana, se convierten en meros intelectos, espíritus puros que aspiran a una única meta: la búsqueda del conocimiento. Al final del camino les espera una espantosa revelación: todo proclama la presencia universal del Mal".

* "Ahí radica el secreto profundo del genio de Lovecraft, ahí nace el límpido manantial de su poesía: logró transformar su asco por la vida en una hostilidad activa".

* "Ofrecer una alternativa a la vida en todas sus facetas, constituir una oposición permanente, un recurso permanente a la vida: tal es la misión más elevada del poeta en esta tierra. Howard Phillips Lovecraft cumplió esta misión".

lunes, 24 de octubre de 2011

LA HERENCIA VALDEMAR

La herencia Valdemar es un proyecto (mini serie) del cineasta español José Luis Alemán, basado en el universo de H. P. Lovecraft, dividido en dos películas.

La primera parte, del 2010 y titulada con el mismo nombre, más que a Lovecraft, es un tributo a la literatura gótica y victoriana que influenció al demiurgo de Providence. Nos cuentan la historia en dos tiempos: en el presente y en el pasado.
En el presente, una agencia inmobiliaria, manda de urgencia a Luisa Llorente a tazar una mansión victoriana (la mansión Valdemar) porque el tazador previamente asignado no terminó el trabajo debido a que desapareció misteriosamente. Cuando también desaparece Luisa, mandan a un detective privado. En el camino, se entera de la historia de la mansión...
En el pasado, nos cuentan la historia del joven matrimonio de Lázaro y Leonor Valdemar y de todo lo que tuvieron que hacer (incluido el espiritismo) para mantener su orfanato. Poco a poco nos revelan el secreto de la mansión, la herencia Valdemar.
La producción es impecable y majestuosa. Recrearon a la perfección la era victoriana. Todo un deleite para la vista. Además, se mezclan en la historia personajes reales de la talla de Aleister Crowley, Bram Stoker, Belle Gunnes y Lizzie Borden.

La segunda parte, del 2011 y titulada La sombra prohibida, deja a un lado la atmósfera nítida, radiante, y se torna oscura, fría. Aquí hay más acción, más aventura, donde todo sucede de noche; y las referencias a Lovecraft son más evidentes: búsqueda del Necronomicón y cultistas invocando a Cthulhu mediante el rito de Dunwich. Además, aparece de forma breve el mismísimo Lovecraft. Obviamente, él también busca el Necronomicón.
De nueva cuenta la producción es impecable y los efectos especiales bastante decentes. De hecho, su Cthulhu es el mejor que he visto en alguna película.

Paul Naschy (Jacinto Molina), el rey del horror español, el hombre-lobo por excelencia, interpreta a Jervás, el mayordomo de los Valdemar: uno de sus últimos papeles antes de morir.



Luis Zahera, como Lovecraft.



El bastón con cabeza de Cthulhu, de Maximilian, dueño de la agencia inmobiliaria.





Trailer de La herencia Valdemar.



Trailer de La sombra prohibida.



Mini documental acerca de los personajes reales que aparecen en La herencia Valdemar.




Películas imprescindibles para los fanáticos de la obra de Lovecraft y de las historias góticas y victorianas de terror.

Lamentablemente, no han llegado a México. Pero aquí puedes ver la primera parte.

lunes, 10 de octubre de 2011

2011 H.P. LOVECRAFT FILM FESTIVAL

Guillermo Del Toro fue el encargado de elegir el mejor corto en el pasado H.P. Lovecraft Film Festival.

Primero explica por qué eligió a los ganadores:



BLACK GOAT, aunque no ganó ("Los organizadores no me dejaron declarar un triple empate"), fue uno de los favoritos de Guillermo:



THE RAVEN, compartió el primer lugar:



Al igual que STATIC AEONS:

viernes, 1 de julio de 2011

TINTIN Y LOVECRAFT

¿Te imaginas cómo serían Las aventuras de TinTin si tuvieran lugar en los mundos creados por H. P. Lovecraft?

Murray Groat ya lo hizo:
















AQUÍ para saber más de Murray Groat.

viernes, 27 de agosto de 2010

LOVECRAFT 03

Para finalizar esta semana de festejos Lovecraftianos, algunos textos que le rinden tributo:

UNA CARTA ABIERTA A H. P. LOVECRAFT
Robert Bloch

Querido HPL:

¿Te sorprende tener noticias mías?

Llevaba mucho tiempo sin escribirte. De hecho, más de cincuenta años, ya que eché al correo mi última carta a comienzos del mes de marzo del año 1937...

Sabía que estabas teniendo problemas de salud, pero nunca llegaste a decirme lo serios que eran. No estoy seguro de si recibiste mi carta en tu hogar, pues ingresaste en el hospital el 10 de marzo y allí fue donde moriste, sólo cinco días después, la mañana del día 15 de marzo.

No sé a qué sitio enviar esta carta.

No dejaste ninguna dirección. Y dadas tus creencias -o tus incredulidades-, dudo mucho que esperases establecer tu residencia permanente en un bloque de apartamentos celestiales del paraíso o en un invernadero infernal.

Ahora que pienso en ello, solías observar con mucha firmeza que después de la muerte ya no existiría ningún tú que residiera en parte alguna. Pero me gusta creer que una parte de ti sigue existiendo. Quiero creer que la esencia de H. P. Lovecraft ha sobrevivido en algún lugar.

En vida siempre fuiste un lector voraz que devoraba toda la letra impresa que se le ponía por delante. Por si se da la casualidad de que sigas conservando ese apetito, voy a escribir esta carta y la daré a publicar, confiando en que más pronto o más tarde puedas tropezarte con ella.

Y quizá ocurra así, pues siempre andabas buscando cosas relacionadas con los escritores y la literatura.

Tú mismo perteneciste a la variedad más infortunada de todos los seres creativos. Eras un escritor de escritores. Analizabas y retocabas el trabajo de otros como gesto generoso de amistad, y te ganabas el sustento reescribiendo la obra de talentos inferiores al tuyo o colaborando con ellos como escritor fantasma sin que tu esfuerzo fuera reconocido. Tus obras eran admiradas por los profesionales que intercambiaban correspondencia entre ellos y formaban lo que acabó conociéndose como Círculo de Lovecraft, la mayoría de los cuales siguieron tu ejemplo escribiendo relatos para Weird Tales; y había aficionados y lectores de esta revista para quienes tu obra era muy superior a todas las otras. Sus comentarios debieron de haberte complacido tanto como parecía complacerte el que otros escritores intentaran imitar tu estilo y tomaran prestados algunos de tus conceptos. Confieso que yo mismo lo hice, y dado que siempre animabas ese tipo de esfuerzos, eso me lleva a creer que disfrutabas con los aspectos positivos de que se te considerase un escritor de escritores.

Pero no puedo evitar el hacerme algunas preguntas sobre la faceta negativa. ¿Qué sentías al respecto?

Durante años Weird Tales fue prácticamente la única revista del mundo que publicó literatura fantástica de forma regular, incluyendo casi todo lo que llegaste a ver editado; y aunque la mayor parte de sus lectores acogía tu obra con un tibio respeto, la inmensa mayoría reservaba sus elogios más entusiásticos para otros escritores. Tus admiradores y entusiastas formaban un grupo poco numeroso que siempre acababa viéndose superado en las votaciones, y hubo momentos en que darte cuenta de ello debió de dolerte.

Eso también te ocasionó perjuicios financieros. En aquellos tiempos necesitabas desesperadamente unos ingresos regulares, y tu apellido detrás del título de un relato nunca bastó para garantizar una venta. Además, bastantes de los relatos que enviaste fueron rechazados. Sólo tres acabaron publicados en otros lugares; el resto no se publicó hasta después de tu muerte. Bien, es el destino del escritor de escritores. Se le respeta, pero se le rechaza.

No pretendo entrometerme en tus asuntos, pero ¿cómo reaccionaste ante el hecho de que a lo largo de todos esos años ni uno solo de tus relatos mereciese el honor de una portada en Weird Tales? Luminarias como Speer y Davidson lograron alcanzar esa distinción, pero no HPL.

Los seis meses del año 1931 durante los que la revista publicó en forma de serial Tam, Son of the Tiger, una tontería carente de todo mérito escrita por el inmortal Otis Adelbert Kline debieron de resultarte especialmente duros. Nadie acusó jamás a ese prolífico artesano de ser un escritor de escritores, pero su serial publicado en seis partes consiguió cuatro ilustraciones de portada seguidas.

A lo largo de ese mismo período apareciste en el sumario de tres números. Una reedición de El extraño, uno de tus relatos más famosos, ni tan siquiera mereció un encabezamiento ilustrado en el interior, y no recuerdo nada digno de mención para el relato La extraña casa de la niebla. Y cuando Tam estaba en su punto culminante, en agosto de 1931, la revista publicó una novela corta titulada El susurrador en la oscuridad, una de tus mejores obras. Esa novela corta fue honrada con una ilustración interior, pero casi habría sido mejor que la revista hubiera prescindido de ella, pues la ilustración anticipaba la revelación del clímax sobre el que se basaba toda la tensión de tu historia.

¿Qué pensaste de eso, señor Lovecraft? ¿Qué pensaste de la ilustración de portada consagrada al detective Craig Kennedy o a un dudoso espécimen de la profesión médica llamado Dr. Satán? ¿Qué opinabas de los voluptuosos desnudos dibujados por la artista Margaret Brundage, que tenían como únicas credenciales que pudieran hacerles acreedores al adjetivo de extraños su excesivo desarrollo mamario?

Ah, Richard Upton Pickman, ¿dónde estabas cuando realmente te necesitábamos?

¿Te hiciste alguna vez esa pregunta? Nunca lo sabremos, porque pese a las biografías, memorias, reminiscencias y toda la atención que se le ha dedicado a tu correspondencia privada y a la obra que publicaste seguimos ignorando muchas cosas sobre el hombre que se ocultaba detrás del escritor.

No estoy hablando de perfiles psicológicos o análisis eruditos sobre el material de fuentes, pues disponemos de ellos y son excelentes, pero no nos dicen lo suficiente. La existencia de un escritor está compuesta por algo más que por su vida literaria.

Pensemos en tus tías, por ejemplo. Durante la mayor parte de tus años de adulto compartiste un hogar con una o ambas de esas amables y educadas damas de Nueva Inglaterra. Es de suponer que eran pobres pero orgullosas, como se decía antes, y que siguieron siendo muy conscientes de su alcurnia y posición social incluso cuando se vieron obligadas a buscar una forma de ganarse la vida, y que te querían.

Pero tanto tu padre como tu madre se habían visto marcados por el estigma que en aquellos tiempos iba unido a la enfermedad mental. ¿Qué pensaban tus tías de eso? ¿Sospechaban que tu presencia en su casa provocaba cierto grado de ostracismo social? ¿Les preocupaba tu pauta de vida cotidiana, por no hablar de la nocturna? La ocupación que escogiste quizá te eximiera de colaborar en las tareas domésticas, pues en aquellos tiempos ciertos círculos sociales seguían considerando que el escribir era una ocupación reservada a los caballeros. Aun así, lo que escribías quizá no les hiciera demasiada gracia. ¿Te reprocharon alguna vez el que hubieras escogido aquellos temas?

Después de todo, presumir ante tus cultas y elegantes amistades de que tu sobrino escribe y ve publicadas sus obras es una cosa..., y revelar que escribe cuentos sobre cadáveres devorados por las ratas, cerebros humanos transportados a estrellas distantes por criaturas aladas, o un hombre que se apareó con un gorila es otra cosa muy distinta.

¿Leyeron esos relatos, señor Lovecraft? ¿Llegaron a tener alguna idea de cuáles eran sus argumentos? ¿Dónde escondías esos ejemplares de Weird Tales, y qué pensaron tus tías de los desnudos de Brundage que aparecían en las cubiertas, si llegaron a verlas?

Al parecer no les costó nada aceptar que te casaras ya bastante mayor con una judía divorciada, sobre todo porque tu breve convivencia con esa dama -que, al parecer, era encantadora-, tuvo lugar en Nueva York, con lo que no se convirtió en un asunto sometido al continuo escrutinio local. Pero ella debió de tener ciertas dificultades para adaptarse a tu estilo de vida, tus opiniones anticuadas y lo raro de tu dieta. Según la información que reveló mucho tiempo después de que la abandonaras y fallecieses, los dos erais sexualmente compatibles, pero esto no tiene por qué significar un cambio de costumbres en un hombre que sufría de insomnio crónico. ¿Seguiste pasando las noches despierto escribiendo cartas o dando paseos solitarios en vez de permanecer acostado en el lecho conyugal? Perdona que te haga esta pregunta, pero la respuesta podría darnos alguna pista sobre tu capacidad de adaptación en circunstancias que se salían de lo corriente. Lo único que sabemos es que cuando volviste a Providence pasaste la última década de tu existencia entregado a tus vagabundeos nocturnos.

Quizá recuerdes que nos conocimos a mediados de esa década, y sólo gracias a la correspondencia. Yo era un mero aficionado adolescente, y el abismo generacional me impedía hacerte esa clase de preguntas, por lo que sigo ignorando cuáles habrían sido las respuestas.

Te pedí que me enviaras fotos, cosa que hiciste, y aunque una imagen puede valer por mil palabras tus fotos no me dijeron gran cosa. Esas instantáneas tomadas cuando tenías veinte o treinta y pocos años sólo revelaban cambios en el estilo de la indumentaria, un aumento de peso temporal durante tu estancia en Nueva York y una pérdida subsiguiente en cuanto te marchaste de allí, aparte de cierta tendencia a ponerse muy serio cuando te colocabas delante de una cámara.

Nunca fuiste muy aficionado a sonreír, ¿verdad? En cierta forma esa expresión que mantenías tan obstinadamente era casi keatonesca, y muy parecida a la que Buster hizo famosa en sus películas. Cuando nos conocimos años después no tardé en descubrir que su expresión ocultaba un hombre muy distinto de la imagen impasible que proyectaba profesionalmente. Pero ¿ocurría lo mismo contigo? Supongo que no importa porque, a diferencia de Buster, tu cara nunca fue tu fortuna.

Tu fortuna estaba en tu mano, y cuando digo eso no me estoy refiriendo a los hallazgos de la quiromancia. Hablo de algo casi único en nuestra sociedad, de un apéndice que te hacía destacar y te distanciaba de tus congéneres.

Tu mano jamás modeló bolas de nieve, arrojó balones, cogió un cigarrillo, cortó una baraja de cartas, sostuvo un vaso de whisky o hizo girar el volante de un automóvil. Pero un día esa mano extrañamente falta de experiencia cogió una pluma para escribir una sola palabra. Y cuando tu mano escribió la palabra Cthulhu sobre el papel hizo que emprendieras el camino a la fama.

Tu viaje fue largo y difícil, y estuvo lleno de obstáculos y desvíos; fue un viaje que te llevó al reconocimiento y la fama póstumos, como también ocurrió en el caso de Poe.

Y, como a Poe, no te faltaron los detractores, incluso después de haber muerto. Durante algunos años ciertos colegas, editores y una parte del mundillo académico atacaron tus peculiaridades, tanto en el aspecto personal como en el profesional. El blanco principal de sus dardos parecía ser lo excesivo de tu estilo, las hipérboles y lo recargado de tu prosa. Pero sospecho que no era ésa la auténtica razón oculta detrás de aquellos ataques, los cuales solían estar formulados con abundancia de excesos estilísticos e hipérboles y estaban escritos en su propia variedad de prosa recargada.

Tengo la impresión de que quizá sentían un cierto resentimiento consciente o inconsciente provocado por la cosmogonía que creaste, lo que ha acabado siendo conocido como Mitos de Cthulhu.

El verdadero problema, señor Lovecraft, es que eras un escritor religioso.

Tus Mitos rechazaron los textos bíblicos y los sustituyeron con una nueva teología que poseía sus propios dioses, su propia explicación de la creación y la insignificancia de la humanidad en un cosmos desprovisto de ley o valores morales. El abandono del antropocentrismo, tu despectivo pasar por alto los conceptos del bien y el mal, lo que es correcto y lo que no debe hacerse.., eso es lo que puso tan nerviosos a los devotos creyentes. El que eliminaras las explicaciones basadas en la ciencia causó una indignación igualmente intensa entre los ateos ortodoxos.

Y tu forma de llevar a cabo tal tarea hizo que fueses todavía más irritante. Tus relatos eran narraciones hechas por hombres inteligentes y educados cuyo escepticismo era implacablemente vencido ante la prueba de que los horrores innombrables existían. Entretejiste tu extraño mundo con el cosmos que conocemos y le diste plausibilidad, reforzando tus relatos con lógica interna y una aterradora consistencia.

En algunos de los relatos no basados en los Mitos tu imaginación llegó mucho más allá que la de tus contemporáneos. Hoy gran parte de la fantasía sobrenatural ha conseguido su mayor popularidad en las películas, pero incluso ahora las comparaciones demuestran que tu obra sigue siendo única en su osadía y amplitud de miras.

La semilla del diablo es la historia de un hijo del diablo, uno de los muchos que se pueden hallar en el folklore y la fábula. Pero su engendro satánico de ojos extraños no es nada comparado con la aterradora descendencia de Lavinia Whateley y Yog-Sothoth, su significativo cónyuge, en El horror de Dunwich.

Responder a La llamada de Cthulhu hace que los hombres enloquezcan, y las pesadillas turban el sueño de ciertos artistas e intelectuales esparcidos por todo el mundo, anunciando el regreso del dios-monstruo atrapado en el sueño que no es muerte bajo mares lejanos, la entidad que se prepara para emerger de su cautiverio y asolar la tierra. Pero todas las pesadillas numeradas de los adolescentes con acné que viven en Elm Street no pueden producir nada más aterrador que el viejo Freddy y su cara llena de cicatrices.

Poltergeist nos ofrece una casa construida sobre un viejo cementerio indio que amenaza a niñitos inocentes y los arrastra al limbo que hay más allá del armario del dormitorio. Los efectos especiales son excelentes y la banda sonora te deja sordo, pero la premisa es muy poco convincente.

Ahí es donde les venciste a todos, amigo mío. Sabías que la frialdad de la lógica provoca los peores escalofríos. Las ratas en tus paredes, los sueños en tu casa de la bruja, los susurros en tu oscuridad..., hay una razón para todo eso.

Al comienzo fue el estilo lo que atrajo imitadores. Muchos jóvenes escritores -yo mismo incluido-, intentamos escribir relatos tipo Lovecraft, frecuentemente usando conceptos de los Mitos con tu pleno y generoso permiso. Pero con el paso del tiempo la mayoría de nosotros acabamos comprendiendo, cada uno a su manera, que el auténtico secreto de tu genio no estaba en la adjetivitis, las referencias a deidades extrañas mencionadas en extrañas obras de referencia o el fiarse de las cursivas y los signos de admiración para enfatizar ciertos pasajes. El auténtico secreto de un buen relato de Lovecraft radicaba en su habilidad para crear una suspensión temporal de la incredulidad. Su capacidad de conseguir que lo increíble pareciese creíble hizo que esos relatos poseyeran una vida literaria que ha perdurado hasta el día de hoy.

El día de hoy marca el centenario de tu nacimiento. Más de la mitad de ese período ha transcurrido desde que escribiste tus últimas obras, pero tu influencia ha aumentado en vez de debilitarse. Cada día se descubren nuevos escritores, pero lo que mantiene vivos sus nombres y sus creaciones es el redescubrimiento continuo.

Algunos de los escritores que han colaborado en este volumen nacieron después de tu muerte. Pero todos ellos dieron comienzo a sus carreras después de haber descubierto su propio camino al reino de la fantasía, reino del que sigues ocupando el trono. Todos ellos, de una forma o de otra, sufrieron la influencia de lo que escribiste. Sus contribuciones a estas páginas son un homenaje a tu memoria.

Bien, señor Lovecraft, vas a empezar tu segundo siglo como maestro indiscutido de la literatura fantástica..., y puede que en sí mismo eso sea una fantasía que jamás llegaste a imaginar.


HABLA CHARLES DEXTER WARD
Fernando Savater

Hazte idea de que me refiero directamente a ti, a ti y no a otro cualquiera. Odio tu paz, lector; detesto la placidez doméstica, cuyo detalle preciso desconozco pero que sé intercambiable con cualquier otra, en la que te arropas al leer estas líneas. ¿Dónde estaré yo cuando me leas? Ese interrogante ha de parecerte trivial porque ignoras -¡bendita ignorancia!- hasta qué punto habría de resultarte inimaginable su respuesta. Pero, a fin de cuentas, quizá tú y yo estemos más cerca de lo que parece. Sí, estoy muy cerca de ti, quizá demasiado para tu seguridad… Tu trivialidad sin sobresaltos hunde sus raíces en el negro destino que habito: ahí, ahí mismo, ¿no me ves?, gesticulando como un alma en pena al otro lado del espejo frente al que te afeitas, arañando con infinita dentera el terciopelo desteñido de tus sueños, cuchicheando sin tregua en el rincón donde sueles dejar tu ropa por las noches y cuya penumbra resiste los esfuerzos de la lámpara de la mesilla, ahí mismo, ahí, aunque no me veas… Pero sospecho que eres en realidad más hipócrita que auténticamente ciego; aunque no me percibas con plena nitidez –lo que te destruiría, lo que nos haría para siempre hermanos- no te faltan atisbos innegables de mi presencia. A menudo te estremeces involuntariamente al rememorar el olor de cierto cajón que abriste hace muchos años, siendo, niño, en el desván de una casa de campo que ya no existe y dentro del cual no había –no podía haber- nada; o te apresuras injustificadamente al cruzar el gabinete apagado, en cuya tiniebla suena angustiosamente el teléfono; o repliegas con excesiva viveza tu mano que colgaba descuidadamente de la cama, esa mano a la que de pronto ha helado la posibilidad de no sé qué roce… ¿Ves? ¿Oyes algo? ¿Hueles? Y sin embargo no sabes nada, nada en absoluto. Has tenido suerte y ninguna revelación como la que yo tuve te ha quitado todavía la despreocupación apenas amenazada. Pero no me compadezcas demasiado: ¡quién sabe lo que se encargará algún día de instruirte!

Somos recién llegados, ¿no lo notas?, somos el último latido –por ahora- de un metrónomo interno. Sólo un ingenuo pretencioso puede lamentar esta juventud cósmica que nos preserva de complicidades abominables, abrumadoras… Como niños frente a un mal que ya imperaba desde antes de que nuestros abuelos fueran concebidos, nos acogemos al perdón, al resguardo y al olvido que dispensan venerables tradiciones de raíz desconocida o rituales racionalizadores cuyo sentido último se nos escapa. Nuestras ambiciones son pequeñas –aunque a veces, risiblemente, las llamemos “desmesuradas”- y pequeños nuestros placeres y nuestras responsabilidades: gracias a esto, son pequeños nuestros terrores. Así vamos viviendo, sin vértigo ni frenesí, y añadimos ramitas y barro, como los castores, a la presa minúscula con la que tratamos de remansar el fluir oscuro de energías ancestrales. Pero cierto día a algunos nos crece dentro un latido sordo y algo indomeñable empieza a desperezarse en nuestro pecho. Es un ardor que embriaga, un desasosiego que nos llega a ser más querido que la serenidad obtusa que antes disfrutábamos: y todo pierde su sabor y su contento, salvo ese latido que toca a rebato desde el recién descubierto precipicio de nuestra intimidad. ¡Ah, esa sed nueva, que pide sin cesar conocimiento prohibido, manuscritos de caligrafía parda y amenazadora, infolios encuadernados en una piel sobre cuya procedencia caben las más estremecedoras conjeturas! Entonces empezamos a visitar a libreros de gestos obscenos, perdidos entre su polvorienta y olvidada mercancía con baboso reptar de gusanos ciegos; nuestras noches se hacen insoportablemente más largas que nuestros días y el alba nos sorprende a veces –sorpresa es sin duda la palabra- hurgando entre las ennegrecidas piedras der algún descampado o vagando por algún muelle desierto, a la espera de que cierto buque oriental desembarque a hurtadillas su alucinante carga. Un día, de repente, nos reímos con una risa que no nos pertenece, pero que nos sale de muy dentro. Dejamos de frecuentar los espejos y, tras una última y desconcertada –o espantada- visita, nuestros mejores amigos renuncian para siempre a volver a vernos. Y lo más terrible de todo esto es que apenas advertimos tales cambios hasta después.

Se acabó mi ficticia juventud, lector maldito: ahora sé que provengo de lo más remoto. Nací con los helechos gigantes y los dragones prehistóricos, cuando la tierra era furor y lava; tengo parientes –a los que conozco- en las estrellas, me he arrastrado por el limo del cual mucho después fue hecho el hombre y he devorado materias orgánicas que hoy nadie sabría identificar. Y allí estaban ya Ellos: entonces los conocí y Ellos me reconocieron como suyo, no hay olvido posible, se desfondan los cimientos de la inocencia. Me arrastré ante la inmunda majestad de su poder y Ellos me dieron sus órdenes, que guardo grabadas a través de los milenios en el cogollo más recóndito de mi alma. Luego hubo batallas inimaginables y Ellos tuvieron que retirarse a dormir, transitoriamente derrotados por un cierto equilibrio de Luz. Dormir, dormir… pero no están muertos, no, pues no muere lo que puede dormir eternamente. Desde su sueño me repiten una y otra vez sus órdenes, las que enterraron en mi carne cuando yo era su esclavo: órdenes que para mí ahora son indecible perversión y muerte, pero para Ellos son simple rezumar de su primigenia naturaleza. No vuelvas la vista lector, es a ti a quien hablo: quizá también tú estés próximo a despertar. Pronto habrás de venir a donde yo habito, si es que antes no te alcanzo…



CAMINABA DE NOCHE*
David Monroy Gómez

Caminaba de noche y estaba solo.
Recorría Providence, su ciudad, y las sombras y los recuerdos lo acompañaban. Le susurraban historias, le participaban secretos.
Las tinieblas hablaban con él.
Sabía que la palabra es la llave y la puerta.
Pasaba los días recluido, lejos de la luz del sol. En su cabeza había paisajes: el horror de los hielos eternos, una mágica prisión bajo el mar, un pueblo dominado por una criatura invisible, una granja donde vivía un color extraterrestre.
Escuchaba las negras canciones del caos y escribía acerca de ellas.
Estaba solo. Lo acompañaban, a la distancia, muchos corresponsales. Pasaba muchas horas de su vida escribiendo cartas, opinando acerca del rumbo de su época y de las cosas que amaba y las que lo disgustaban. Las cartas eran su ventana al mundo.
No sería recordado por innovar; al contrario, su lenguaje arcaico y estridente era una supervivencia del siglo XIX. Se encontraba anclado en el ayer, un ayer que imaginaba mejor que el diario acontecer de su limitada y difícil vida cotidiana. Sin embargo, soñaba despierto con amplias regiones vacías, con yermos azotados por el viento, con la oscuridad entre las estrellas.
En su soledad observaba las grietas que aparecían en el mundo. Veía el amenazante rostro del caos.
En realidad, no lo preocupaban los posibles Apocalipsis insinuados en su obra: no creía en su propia mitología. Sus principales intereses eran la diaria supervivencia y la creación. Construyó su obra con sueños y pesadillas. Convirtió sus males espirituales y corporales en prosa y poesía. Construyó puertas y las abrió a otros mundos.
No conoció Hiroshima ni Nagasaki, no opinó acerca de Vietnam, no vio la primera guerra televisada, no se aterró con los Balcanes, no se estremeció con la caída de las Torres, no vio los derrames de petróleo, no supo del terror cotidiano del narcotráfico, no supo de los cientos de mujeres desaparecidas. Y sin embargo lo vio todo: vio un Nuevo Orden Mundial donde el individuo no importa, sólo los antiguos dioses del dinero, la explotación, lo enajenante, la muerte.
Vio un mundo dominado por la oscuridad del corazón humano.
Ahora, la ficción de horror, la suya y la de sus colegas, se ve empequeñecida por la primera plana, por ocho columnas que chorrean sangre y que muestran la destrucción sistemática de cuerpos y almas.
Su obra no es una fuga, sino una descripción de los tiempos por venir. No es que sus dioses-monstruos sean “malos”: es que el ser humano no les importa. No les interesa el futuro ni el bien colectivo: les importa el ahora, el despliegue de poder, el miedo y el exceso.
Conoció la soledad cósmica, el desesperante conocimiento de saberse superado por la Historia y los Poderes Ocultos.
Y supo que en esta soledad hay una belleza terrible, que nuestra condición de espíritus encarnados que sólo están un momento sobre la tierra debería movernos hacia el amor, hacia la creación. Comprendió que elegimos ser monstruos cuando podemos ser dioses. Comprendió que el sueño tiene el poder de transformar la realidad y que la pesadilla también.
Y optó por la creación, por el arte, que le permitió el ilusorio control sobre un humilde mundo literario más o menos coherente, menos aterrador que el real.
No supo que su obra inspiraría libros, películas, juegos de video, música, pinturas y dibujos. No supo que poco a poco sus palabras se instalarían en la cultura pop ni que su apellido derivaría en adjetivo.
Permaneció fiel a las tinieblas que le hablaban.
Y un día murió como había vivido, solo.
Ahora, 120 años después, sigue caminando de noche, en un tiempo que abarca todos los tiempos y se proyecta hacia un futuro oscuro, no amenazado por engendros mitológicos, sino por los horrores físicos y mentales creados por la raza humana, por el poder, por el desamor, por la indecencia.
Camina de noche y ahora lo acompañan millones de personas en todo el mundo y los pasos de todos ellos resuenan como truenos a través del tiempo y del espacio.
Ya no está solo. Ahora la humanidad camina con él.

*Este texto fue leído el pasado 05 de Agosto en el homenaje De Innsmouth a La Viga. Amablemente, David permitió que lo reprodujéramos en El enebro. Aquí información de sus libros (ampliamente recomendados por El enebro): Lovecraftiana y La caza en el laberinto. Y no se pierdan su excelente ensayo Borges y Lovecraft: There are more things.


TULJÚ ROJO
Miguel Antonio Lupián Soto

I Desnudo sobre una cama de agua pútrida.
II Heridas por cicatrizar; memoria perdida.
III Me incorporo lentamente aferrándome a las mohosas paredes del estrecho pasillo.
IV Avanzo sin mirar atrás sintiendo lo húmedo e infecto del suelo que piso.
V Luz ámbar mortecina ilumina brevemente el camino.
VI Las paredes carcomidas muerden mis dedos; el techo angulado me mira con desprecio.
VII Sienten mi presencia del otro lado: olfatean y raspan las paredes a mi paso.
VIII Hojuelas carmesí flotan en el enrarecido ambiente.
IX Un portal con mensajes indescifrables para los ojos legos: el final, el inicio.
X Charcos burbujeantes que elevan su nivel; brisa ictérica violando todo a su alrededor.
XI Despierta.
XII Rojos tentáculos de vida independiente cuelgan de su pulposo rostro.
XIII Alas membranosas se extienden lentamente recobrando su eónica movilidad.
XIV -¡Oh Dios de Dioses, he atravesado el umbral del tiempo para decirte que te pertenezco!
XV Mientras soy acariciado por fálicos tentáculos y abrazado por rústicas alas, sonrío… al fin.

Con esto terminamos la semana de Lovecraft e inauguramos la sección CUADRO DE HORROR.

Como pilón, El enebro pone a su disposición una serie de playeras con motivos Lovecraftianos:











Para mayor información dejen su correo en Comentarios.

martes, 24 de agosto de 2010

LOVECRAFT 02

Algunos datos interesantes de la vida y obra de Lovecraft:

  • Nació el 20 de Agosto de 1890 en Providence, Rhode Island. Su papá se llamaba Winfield (37) y su mamá Susie (33). Winfield fue recluído en un psiquiátrico cuando Howard tenía 8 años (se cree que la locura de Winfield fue causada por la sífilis). Susie siempre quiso tener a una niña y hasta los 6 años vistió a Howard con vestidos y peinados de niña. Al ser Susie también recluída en un psiquiátrico, sus tías Lillian y Annie se hicieron cargo de él.

  • En 1924 se casó con Sonia Green. Se divorciaron en 1929.

  • Era adicto a los dulces, sobre todo a los bombones y a los helados (se cree que sufría de shocks de insulina).

  • También se cree que sufría de Poikilotermismo, enfermedad en la cuál se adopta la temperatura del entorno: por eso le gustaba viajar a lugares de clima cálido.

  • Se dedicaba a corregir textos y entabló comunicación mediante cartas con un sin número de personas. Se cree que redactó alrededor de 100 000 cartas.

  • Varios de sus cuentos fueron rechazados por WEIRD TALES, situación que le bajó el autoestima.

  • Hubo un grupo de personas con el cuál Howard tuvo una relación más estrecha (Círculo de Lovecraft). Entre los más destacados tenemos a:
Frank Belknap Long
Robert Bloch
Robert E. Howard
Clark Ashton Smith
Augist Derleth
Robert Barlow

  • El estilo de "el abuelo" se puede resumir en los siguientes puntos:
* atmósfera
* adjetivos
* repeticiones
* inglés arcaico
* primera persona
* NO sexo
* NO Dios
* sueños
* paisajes (Nueva Inglaterra)
* pocas mujeres

  • La obra de Lovecraft se puede visualizar en el siguiente diagrama:



  • Autores que influyeron en su estilo:
Edgar Allan Poe
Nathaniel Hawthorne
Arthur Machen
Lord Dunsany
Algernon Blackwood
M. R. James
William Hope Hodgson
Ambrose Bierce

  • El primer cuento en donde aparece el ínfame Necronomicón es El sabueso.

  • A los Mitos de Cthulhu pertenecen todos aquellos cuentos en los que aparecen el Necronomicón y el panteón de monstruos/deidades ideadas por la atormentada mente de Lovecraft. A esta serie pertenecen los siguientes trece relatos:
1. La ciudad sin nombre 1921
2. El ceremonial 1923
3. La llamada de Cthulhu 1926
4. El caso de Charles Dexter Ward 1927
5. El color caído del cielo 1927
6. El horror de Dunwich 1928
7. El susurrador en la oscuridad 1930
8. En las montañas de la locura 1931
9. La sombra sobre Insmouth 1931
10. Los sueños de la casa de la bruja 1932
11. El ser en el umbral 1933
12. En el abismo del tiempo 1934
13. El morador de las tinieblas 1935 (respuesta a El vampiro estelar de Robert Bloch)

  • Se considera que sus ocho grandes relatos fueron los siguientes:
1. La llamada de Cthulhu 1926
2. El color caído del cielo 1927
3. El horror de Dunwich 1928
4. El susurrador en la oscuridad 1930
5. En las montañas de la locura 1931
6. La sombra sobre Insmouth 1931
7. Los sueños de la casa de la bruja 1932
8. En el abismo del tiempo 1934

  • Muere el 15 de Marzo de 1937 debido a cáncer intestinal. En su lápida se puede leer: I AM PROVIDENCE

Que no está muerto lo que yace eternamente... y con el paso de los evos aún la muerte puede morir.

viernes, 20 de agosto de 2010

LOVECRAFT 01

Howard Phillips Lovecraft estaría cumpliendo hoy 120 años. Para festejarlo, El enebro ha reunido ensayos, imágenes, cuentos de e inspirados por el demiurgo de Providence, recomendaciones cinematográficas, sitios web y demás cosas innombrables que a lo largo de la semana iremos subiendo.

La mejor manera de arrancar este homenaje es con algo de su trabajo. A pesar de no formar parte de los clásicos Mitos de Cthulhu, es uno de nuestros favoritos. El inicio es obscenamente maravilloso. Disfrútenlo:

LOS AMADOS MUERTOS*

Es media noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una celda negra, donde languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos que amo.

Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una lápida caída y desgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente como si fuera mediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre todo, perfilándose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero chapitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire está enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda tierra mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud -terrorífica quietud -, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso. De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne en descomposición y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma escalofríos de éxtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y forzando a latir mi lánguido corazón con júbilo delirante... ¡Porque la presencia de la muerte es vida para mí !

Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y monótona apatía. Sumamente ascético, descolorido, pálido, enclenque y sujeto a prolongados raptos de mórbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y "vieja" porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o porque no poseía el suficiente vigor para participar en ellos, de haberlo deseado.

Como todas las poblaciones rurales, Fenham tenía su cupo de chismosos de lengua venenosa. Sus imaginaciones maledicentes achacaban mi temperamento letárgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de los más supersticiosos me señalaban abiertamente como un niño cambiado por otro, mientras que otros, que sabían algo sobre mis antepasados, llamaban la atención sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un tataratío que había sido quemado en la hoguera por nigromante.

De haber vivido en una ciudad más grande, con mayores oportunidades para encontrar amistades, quizás hubiera superado esta temprana tendencia al aislamiento. Cuando llegué a la adolescencia, me torné aún más sombrío, morboso y apático. Mi vida carecía de alicientes. Me parecía ser preso de algo que ofuscaba mis sentidos, trababa mi desarrollo, entorpecía mis actividades y me sumía en una inexplicable insatisfacción.

Tenía dieciséis años cuando acudí a mi primer funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que nuestra ciudad era señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando, además, el funeral era el de un personaje tan conocido como el de mi abuelo, podía asegurarse que el pueblo entero acudiría en masa para rendir el debido homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con interés ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia habitual sólo representaba para mí una promesa de inquietudes físicas y mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a sus cáusticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompañarles.

No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la voluminosa colección de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciación en los solemnes ritos de tales ocasiones. Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ataúd con sus sombrías colgaduras, los apiñados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por parte de los ciudadanos congregados, me arrancó de mi normal apatía captando mi atención. Saliendo de mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi madre, la seguí por la estancia hasta el féretro donde yacía el cuerpo de mi abuelo.

Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y surcado por infinidad de arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al contrario, me pareció que el abuelo estaba inmensamente contento, plácidamente satisfecho. Me sentí sacudido por algún extraño y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me envolvió que apenas puedo determinar su llegada. Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberse originado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechando silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influencia que parecía provenir del cadáver mismo me aferraba con magnética fascinación. Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática y sentí mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los párpados cerrados del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi corazón dio un repentino salto de júbilo impío batiendo contra mis costillas con fuerza demoníaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja torácica. Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvió. Una vez más, el vigoroso codazo maternal me devolvió a la actividad. Había llegado con pies de plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé de él con vitalidad recién descubierta.

Acompañé al cortejo hasta el cementerio con mi ser físico inundado de místicas influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de algún exótico elixir... alguna abominable poción preparada con las blasfemas fórmulas de los archivos de Belial. La población estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambio de mi conducta pasó desapercibido para todos, excepto para mi padre y mi madre; pero en la quincena siguiente, los chismosos locales encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi alterado comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia del estímulo comenzó a perder efectividad. En uno o dos días había vuelto por completo a mi languidez anterior, aunque no era total y devoradora insipidez del pasado. Antes, había una total ausencia del deseo de superar la inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas afuera, había vuelto a ser el de siempre, y los maledicentes buscaron algún otro sujeto más propicio. Ellos, de haber siquiera soñado la verdadera causa de mi reanimación, me hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno. Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de alegría, me habría aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis restantes años en penitente soledad.

Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ahí que, a pesar de la proverbial longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco años me trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de la naturaleza mas inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sentí sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis. De nuevo mi corazón brincó salvajemente, otra vez latió con velocidad galopante enviando la sangre caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor. Sacudí de mis hombros el fatigoso manto de inacción, sólo para reemplazarlo por la carga, infinitamente más horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué la cámara mortuoria donde yacía el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese diabólico néctar que parecía saturar el aire de la estancia oscurecida. Cada inspiración me vivificaba, lanzándome a increíbles cotas de seráfica satisfacción. Ahora sabía que era como el delirio provocado por las drogas y que pronto pasaría, dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no podía controlar mis anhelos más de lo que podía deshacer los nudos gordianos que ya enmarañaban la madeja de mi destino.

Demasiado bien sabía que, a través de alguna extraña maldición satánica, la muerte era la fuerza motora de mi vida, que había una singularidad en mi constitución que sólo respondía a la espantosa presencia de algún cuerpo sin vida. Pocos días más tarde, frenético por la bestial intoxicación de la que la totalidad de mi existencia dependía, me entrevisté con el único enterrador de Fenham y le pedí que me admitiera como aprendiz.

El golpe causado por la muerte de mi madre había afectado visiblemente a mi padre. Creo que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de mi empleo en otra ocasión, la hubiera rechazado enérgicamente. En cambio, agitó la cabeza aprobadoramente, tras un momento de sobria reflexión. ¡Qué lejos estaba de imaginar que sería el objeto de mi primera lección práctica!

También el murió bruscamente, por culpa de alguna afección cardíaca insospechada hasta el momento. Mi octogenario patrón trató por todos los medios de disuadirme de realizar la inconcebible tarea de embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando finalmente logré que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz de expresar los reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasión mi desbocado corazón mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin vida. Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor más grande - con mucho - que el que más hubiera sentido hacia él cuando estaba vivo.

Mi padre no era un hombre rico, pero había poseído bastantes bienes mundanos como para ser lo suficientemente independiente. Como su único heredero, me encontré en una especie de paradójica situación. Mi temprana juventud había sido un fracaso total en cuento a prepararme para el contacto con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham, con su cómodo aislamiento, había perdido sabor para mí. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el único motivo que me había hecho buscar empleo.

La venta de los bienes me proveyó de un medio fácil de asegurarme la salida y me trasladé a Bayboro, una ciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año de aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve problemas para lograr una buena colocación como asistente de la Gresham Corporation, una empresa que mantenía las mayores pompas fúnebres de la ciudad. Incluso logré que me permitieran dormir en los establecimientos... porque ya la proximidad de la muerte estaba convirtiéndose en una obsesión.

Me apliqué a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para mi impía sensibilidad, y pronto me convertí en un maestro en mi oficio electo. Cada cadáver nuevo traído al establecimiento significaba una promesa cumplida de impío regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al arrebatador tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en devota dedicación... aunque cada satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a odiar los días que no traían muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran rápida y segura muerte a los residentes de la ciudad.

Llegaron entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con los árboles y lanzaba esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empeñada en alguna misión maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los periódicos matutinos pudieron vocear a su clientela ávida de sensación los detalles de un crimen de pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables atrocidades; párrafo tras párrafo de soluciones imposibles, y sospechas contrapuestas y extravagantes. Con todo, yo sentía una suprema sensación de seguridad, pues ¿quién, por un momento, recelaría que un empleado de pompas fúnebres - donde la Muerte presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos - abandonaría sus indescriptibles deberes para arrancar a sangre fría la vida de sus semejantes? Planeaba cada crimen con astucia demoníaca, variando el método de mis asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par de manos ensangrentadas. El resultado de cada incursión nocturna era una extática hora de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de que su deliciosa fuente fuera más tarde asignada a mis deleitados cuidados en el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble y postrer placer tenía lugar...¡Oh, recuerdo escaso y delicioso!

Durante las largas noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era incitado por aquel silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de prodigar mis afectos a los muertos que amaba...¡los muertos que me daban vida!

Una mañana, Mr. Gresham acudió mucho más temprano de lo habitual... llegó para encontrarme tendido sobre una fría losa, hundido en un sueño monstruoso, ¡con los brazos alrededor del cuerpo rígido, tieso y desnudo de un fétido cadáver! Con los ojos llenos de entremezcla de repugnancia y compasión, me arrancó de mis salaces sueños. Educada pero firmemente, me indicó que debía irme, que mis nervios estaban alterados, que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas que mi oficio exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado profundamente afectada por la funesta atmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabía de los demoníacos deseos que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso como para ver que el responder sólo le reafirmaría en su creencia de mi potencial locura...resultaba mucho mejor marcharse que invitarle a descubrir los motivos ocultos tras mis actos.

Tras eso, no me atreví a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que algún acto abierto descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé cementerios, hasta un crematorio... cualquier sitio que me brindara la oportunidad de estar cerca de la muerte que tanto anhelaba.

Entonces llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno de los últimos en volver, cuatro años de infernal osario ensangrentado... nauseabundo légamo de trincheras anegadas de lluvia...mortales explosiones de histéricas granadas...el monótono silbido de balas sardónicas...humeantes frenesíes de las fuentes del Flegeton (1)... letales humaredas de gases venenosos... grotescos restos de cuerpos aplastados y destrozados... cuatro años de trascendente satisfacción.

En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de su infancia. Unos pocos meses más tarde, me encontré recorriendo los familiares y apartados caminos de Fenhman. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban junto a las cunetas, mientras que los años habían deparado un retroceso igual en la propia ciudad. Apenas había un puñado de casas ocupadas, aunque entre ellas estaba la que una vez yo considerara mi hogar. El sendero descuidado e invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos terrenos de detrás, todo era una muda confirmación de las historias que había obtenido con ciertas indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba una mísera existencia con las faenas que le encomendaban algunos vecinos, por simpatía hacia la maltratada esposa y el mal nutrido hijo que compartían su suerte. Con todo esto, el encanto que envolvía los ambientes de mi juventud había desaparecido totalmente; así, acuciado por algún temerario impulso errante, volví mis pasos a Bayboro.

Aquí, también los años habían traído cambios, aunque en sentido inverso. La pequeña ciudad de mis recuerdos casi había duplicado su tamaño a pesar de su despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente busqué mi primitivo lugar de trabajo, descubriendo que aún existía, pero con nombre desconocido y un "Sucesor de" sobre la puerta, puesto que la epidemia de gripe había hecho presa de Mr. Gresham, mientras que los muchachos estaban en ultramar. Alguna fatídica disposición me hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo Mr. Gresham con cierto recelo, pero se había llevado a al tumba el secreto de mi poco ética conducta. Una oportuna vacante me aseguró la inmediata recolocación.

Entonces volvieron erráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impíos peregrinajes y un incontrolable deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres. Hice a un lado la precaución, lanzándome a otra serie de condenables desmanes. Una vez más, la prensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos detalles de mis crímenes, comparándolos con las rojas semanas de horror que habían pasmado a la ciudad años atrás. Una vez más la policía lanzó sus redes, sacando entre sus enmarañados pliegues...¡nada!

Mi sed del nocivo néctar de la muerte creció hasta ser un fuego devastador, y comencé a acortar los períodos entre mis odiosas explosiones. Comprendí que pisaba suelo resbaladizo, pero el demoníaco deseo me aferraba con torturantes tentáculos y me obligaba a proseguir.

Durante todo este tiempo, mi mente estaba volviéndose progresivamente insensible a cualquier otra influencia que no fuera la satisfacción de mis enloquecidos anhelos. Dejé deslizar, en alguna de esas maléficas escapadas, pequeños detalles de vital importancia para identificarme. De cierta forma, en algún lugar, dejé una pequeña pista, un rastro fugitivo, detrás... no lo bastante como para ordenar mi arresto, pero sí lo suficiente como para volver la marea de sospechas en mi dirección. Sentía el espionaje, pero aun así era incapaz de contener la imperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado espíritu.

Enseguida llegó la noche en que el estridente silbato de la policía me arrancó de mi demoníaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una ensangrentada navaja todavía firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré la hoja y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía abrieron grandes brechas en la puerta. Rompí la ventana con una silla, agradeciendo al destino haber elegido uno de los distritos más pobres como morada. Me descolgué hasta un callejón mientras las figuras vestidas de azul irrumpían por la destrozada puerta. Huí saltando inseguras vallas, a través de mugrientos patios traseros, cruzando míseras casas destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas. Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se alzaban más allá de la ciudad, extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar los arrabales de Fenham. Si pudiera llegar a esta meta, estaría temporalmente a salvo. Antes del alba me había lanzado de cabeza por el ansiado despoblado, tropezando con los podridos troncos de árboles moribundos cuyas ramas desnudas se extendían como brazos grotescos tratando de estorbarme con su burlón abrazo.

Los diablos de las funestas deidades a quienes había ofrecido mis idólatras plegarias debían haber guiado mis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga. Una semana más tarde, macilento, empapado y demacrado, rondaba por los bosques a kilómetro y medio de Fenham. Había eludido por fin a mis perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de que la alarma debía haber sido radiada. Tenía remota la esperanza de haberlos hecho perder el rastro. Tras la primera y frenética noche, no había oído sonido de voces extrañas ni los crujidos de pesados cuerpos entre la maleza. Quizás habían decidido que mi cuerpo yacía oculto en alguna charca o se había desvanecido para siempre entre los tenaces cenagales.

El hambre roía mis tripas con agudas punzadas, y la sed había dejado mi garganta agotada y reseca. Pero, con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi famélico espíritu, hambre del estímulo que sólo encontraba en la proximidad de los muertos. Las ventanas de mi nariz temblaban con dulces recuerdos. No podía engañarme demasiado con el pensamiento de que tal deseo era un simple capricho de la imaginación. Sabía que era parte integral de la vida misma, que sin ella me apagaría como una lámpara vacía. Reuní todas mis restantes energías para aplicarme en la tarea de satisfacer mi inicuo apetito. A pesar del peligro que implicaban mis movimientos, me adelanté a explorar contorneando las protectoras sombras como un fantasma obsceno. Una vez más sentí la extraña sensación de ser guiado por algún invisible acólito de Satanás. Y aun mi alma endurecida por el pecado se agitó durante un instante al encontrarme ante mi domicilio natal, el lugar de mi retiro de juventud.

Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar llegó el ávido y abrumador deseo. Tras las podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi presa. Un momento más tarde había alzado una de las destrozadas ventanas y me había deslizado por el alféizar. Escuché durante un instante, con los sentidos alerta y los músculos listos para la acción. El silencio me recibió. Con pasos felinos recorrí las familiares estancias, hasta que unos ronquidos estentóreos indicaron el lugar donde encontraría remedio a mis sufrimientos. Me permití un vistazo de éxtasis anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba. Como una pantera, me acerqué a la tendida forma sumida en el estupor de la embriaguez. La mujer y el niño - ¿dónde estarían? -, bueno, podían esperar. Mis engarfiados dedos se deslizaron hacia su garganta...

Horas más tarde volvía a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era mía. Tres silenciosos cuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que la brillante luz del día invadió mi escondrijo que visualicé las inevitables consecuencias de la temeraria obtención de alivio. En ese tiempo los cuerpos debían haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de los policías rurales seguramente relacionaría la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además, por primera vez había sido lo bastante descuidado como para dejar alguna prueba tangible de identidad... las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes víctimas. Durante todo el día temblé preso de aprensión nerviosa. El simple chasquido de una ramita seca bajo mis pies conjuraba inquietantes imágenes mentales. Esa noche, al amparo de la oscuridad protectora, bordeé Fenham y me interné en los bosques de más allá. Antes del alba tuve el primer indicio definido de la renovada persecución... el distante ladrido de los sabuesos.

Me apresuré a través de la larga noche, pero durante la mañana pude sentir cómo mi artificial fortaleza menguaba. El mediodía trajo, una vez más, la persistente llamada de la perturbadora maldición y supe que me derrumbaría de no volver a experimentar la exótica intoxicación que sólo llegaba en la proximidad de mis adorados muertos. Había viajado en un amplio semicírculo. Si me esforzaba en línea recta, la medianoche me encontraría en el cementerio donde había enterrado a mis padres años atrás. Mi única esperanza, lo sabía, residía en alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a los demonios que dominaban mi destino, me volví encaminando mis pasos en la dirección de mi último baluarte.

¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que partí hacia mi espectral santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he alcanzado una espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado paraje es como incienso para mi doliente alma!

Los primeros reflejos del alba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos oídos captan el todavía lejano aullido de los perros! Es cuestión de minutos que me encuentren y me aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder mis días en anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con los muertos que amo!

¡No me cogerán! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elección de cobarde, quizás, pero mejor - mucho mejor - que los interminables meses de indescriptible miseria. Dejaré esta relación tras de mí para que algún alma pueda quizás entender por qué hice lo que hice.

¡La navaja de afeitar! Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hoja ensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz de la angosta luna. Un rápido tajo en mi muñeca izquierda y la liberación está asegurada...

Cálida, la sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas y decrépitas lápidas... hordas fantasmales se apiñan sobre las tumbas en descomposición... dedos espectrales me llaman por señas... etéreos fragmentos de melodías no escritas en celestial crescendo... distantes estrellas danzan embriagadoramente en demoníaco acompañamiento... un millar de diminutos martillos baten espantosas disonancias sobre yunques en el interior de mi caótico cerebro... fantasmas grises de asesinados espíritus desfilan ante mí en silenciosa burla... abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del Infierno en mi alma enferma... no puedo... escribir... más...



* The loved dead (1923), Weird Tales, mayo-julio de 1924.
(1) un río de fuego, uno de los cinco que existen en el Hades.