viernes, 27 de agosto de 2010

LOVECRAFT 03

Para finalizar esta semana de festejos Lovecraftianos, algunos textos que le rinden tributo:

UNA CARTA ABIERTA A H. P. LOVECRAFT
Robert Bloch

Querido HPL:

¿Te sorprende tener noticias mías?

Llevaba mucho tiempo sin escribirte. De hecho, más de cincuenta años, ya que eché al correo mi última carta a comienzos del mes de marzo del año 1937...

Sabía que estabas teniendo problemas de salud, pero nunca llegaste a decirme lo serios que eran. No estoy seguro de si recibiste mi carta en tu hogar, pues ingresaste en el hospital el 10 de marzo y allí fue donde moriste, sólo cinco días después, la mañana del día 15 de marzo.

No sé a qué sitio enviar esta carta.

No dejaste ninguna dirección. Y dadas tus creencias -o tus incredulidades-, dudo mucho que esperases establecer tu residencia permanente en un bloque de apartamentos celestiales del paraíso o en un invernadero infernal.

Ahora que pienso en ello, solías observar con mucha firmeza que después de la muerte ya no existiría ningún tú que residiera en parte alguna. Pero me gusta creer que una parte de ti sigue existiendo. Quiero creer que la esencia de H. P. Lovecraft ha sobrevivido en algún lugar.

En vida siempre fuiste un lector voraz que devoraba toda la letra impresa que se le ponía por delante. Por si se da la casualidad de que sigas conservando ese apetito, voy a escribir esta carta y la daré a publicar, confiando en que más pronto o más tarde puedas tropezarte con ella.

Y quizá ocurra así, pues siempre andabas buscando cosas relacionadas con los escritores y la literatura.

Tú mismo perteneciste a la variedad más infortunada de todos los seres creativos. Eras un escritor de escritores. Analizabas y retocabas el trabajo de otros como gesto generoso de amistad, y te ganabas el sustento reescribiendo la obra de talentos inferiores al tuyo o colaborando con ellos como escritor fantasma sin que tu esfuerzo fuera reconocido. Tus obras eran admiradas por los profesionales que intercambiaban correspondencia entre ellos y formaban lo que acabó conociéndose como Círculo de Lovecraft, la mayoría de los cuales siguieron tu ejemplo escribiendo relatos para Weird Tales; y había aficionados y lectores de esta revista para quienes tu obra era muy superior a todas las otras. Sus comentarios debieron de haberte complacido tanto como parecía complacerte el que otros escritores intentaran imitar tu estilo y tomaran prestados algunos de tus conceptos. Confieso que yo mismo lo hice, y dado que siempre animabas ese tipo de esfuerzos, eso me lleva a creer que disfrutabas con los aspectos positivos de que se te considerase un escritor de escritores.

Pero no puedo evitar el hacerme algunas preguntas sobre la faceta negativa. ¿Qué sentías al respecto?

Durante años Weird Tales fue prácticamente la única revista del mundo que publicó literatura fantástica de forma regular, incluyendo casi todo lo que llegaste a ver editado; y aunque la mayor parte de sus lectores acogía tu obra con un tibio respeto, la inmensa mayoría reservaba sus elogios más entusiásticos para otros escritores. Tus admiradores y entusiastas formaban un grupo poco numeroso que siempre acababa viéndose superado en las votaciones, y hubo momentos en que darte cuenta de ello debió de dolerte.

Eso también te ocasionó perjuicios financieros. En aquellos tiempos necesitabas desesperadamente unos ingresos regulares, y tu apellido detrás del título de un relato nunca bastó para garantizar una venta. Además, bastantes de los relatos que enviaste fueron rechazados. Sólo tres acabaron publicados en otros lugares; el resto no se publicó hasta después de tu muerte. Bien, es el destino del escritor de escritores. Se le respeta, pero se le rechaza.

No pretendo entrometerme en tus asuntos, pero ¿cómo reaccionaste ante el hecho de que a lo largo de todos esos años ni uno solo de tus relatos mereciese el honor de una portada en Weird Tales? Luminarias como Speer y Davidson lograron alcanzar esa distinción, pero no HPL.

Los seis meses del año 1931 durante los que la revista publicó en forma de serial Tam, Son of the Tiger, una tontería carente de todo mérito escrita por el inmortal Otis Adelbert Kline debieron de resultarte especialmente duros. Nadie acusó jamás a ese prolífico artesano de ser un escritor de escritores, pero su serial publicado en seis partes consiguió cuatro ilustraciones de portada seguidas.

A lo largo de ese mismo período apareciste en el sumario de tres números. Una reedición de El extraño, uno de tus relatos más famosos, ni tan siquiera mereció un encabezamiento ilustrado en el interior, y no recuerdo nada digno de mención para el relato La extraña casa de la niebla. Y cuando Tam estaba en su punto culminante, en agosto de 1931, la revista publicó una novela corta titulada El susurrador en la oscuridad, una de tus mejores obras. Esa novela corta fue honrada con una ilustración interior, pero casi habría sido mejor que la revista hubiera prescindido de ella, pues la ilustración anticipaba la revelación del clímax sobre el que se basaba toda la tensión de tu historia.

¿Qué pensaste de eso, señor Lovecraft? ¿Qué pensaste de la ilustración de portada consagrada al detective Craig Kennedy o a un dudoso espécimen de la profesión médica llamado Dr. Satán? ¿Qué opinabas de los voluptuosos desnudos dibujados por la artista Margaret Brundage, que tenían como únicas credenciales que pudieran hacerles acreedores al adjetivo de extraños su excesivo desarrollo mamario?

Ah, Richard Upton Pickman, ¿dónde estabas cuando realmente te necesitábamos?

¿Te hiciste alguna vez esa pregunta? Nunca lo sabremos, porque pese a las biografías, memorias, reminiscencias y toda la atención que se le ha dedicado a tu correspondencia privada y a la obra que publicaste seguimos ignorando muchas cosas sobre el hombre que se ocultaba detrás del escritor.

No estoy hablando de perfiles psicológicos o análisis eruditos sobre el material de fuentes, pues disponemos de ellos y son excelentes, pero no nos dicen lo suficiente. La existencia de un escritor está compuesta por algo más que por su vida literaria.

Pensemos en tus tías, por ejemplo. Durante la mayor parte de tus años de adulto compartiste un hogar con una o ambas de esas amables y educadas damas de Nueva Inglaterra. Es de suponer que eran pobres pero orgullosas, como se decía antes, y que siguieron siendo muy conscientes de su alcurnia y posición social incluso cuando se vieron obligadas a buscar una forma de ganarse la vida, y que te querían.

Pero tanto tu padre como tu madre se habían visto marcados por el estigma que en aquellos tiempos iba unido a la enfermedad mental. ¿Qué pensaban tus tías de eso? ¿Sospechaban que tu presencia en su casa provocaba cierto grado de ostracismo social? ¿Les preocupaba tu pauta de vida cotidiana, por no hablar de la nocturna? La ocupación que escogiste quizá te eximiera de colaborar en las tareas domésticas, pues en aquellos tiempos ciertos círculos sociales seguían considerando que el escribir era una ocupación reservada a los caballeros. Aun así, lo que escribías quizá no les hiciera demasiada gracia. ¿Te reprocharon alguna vez el que hubieras escogido aquellos temas?

Después de todo, presumir ante tus cultas y elegantes amistades de que tu sobrino escribe y ve publicadas sus obras es una cosa..., y revelar que escribe cuentos sobre cadáveres devorados por las ratas, cerebros humanos transportados a estrellas distantes por criaturas aladas, o un hombre que se apareó con un gorila es otra cosa muy distinta.

¿Leyeron esos relatos, señor Lovecraft? ¿Llegaron a tener alguna idea de cuáles eran sus argumentos? ¿Dónde escondías esos ejemplares de Weird Tales, y qué pensaron tus tías de los desnudos de Brundage que aparecían en las cubiertas, si llegaron a verlas?

Al parecer no les costó nada aceptar que te casaras ya bastante mayor con una judía divorciada, sobre todo porque tu breve convivencia con esa dama -que, al parecer, era encantadora-, tuvo lugar en Nueva York, con lo que no se convirtió en un asunto sometido al continuo escrutinio local. Pero ella debió de tener ciertas dificultades para adaptarse a tu estilo de vida, tus opiniones anticuadas y lo raro de tu dieta. Según la información que reveló mucho tiempo después de que la abandonaras y fallecieses, los dos erais sexualmente compatibles, pero esto no tiene por qué significar un cambio de costumbres en un hombre que sufría de insomnio crónico. ¿Seguiste pasando las noches despierto escribiendo cartas o dando paseos solitarios en vez de permanecer acostado en el lecho conyugal? Perdona que te haga esta pregunta, pero la respuesta podría darnos alguna pista sobre tu capacidad de adaptación en circunstancias que se salían de lo corriente. Lo único que sabemos es que cuando volviste a Providence pasaste la última década de tu existencia entregado a tus vagabundeos nocturnos.

Quizá recuerdes que nos conocimos a mediados de esa década, y sólo gracias a la correspondencia. Yo era un mero aficionado adolescente, y el abismo generacional me impedía hacerte esa clase de preguntas, por lo que sigo ignorando cuáles habrían sido las respuestas.

Te pedí que me enviaras fotos, cosa que hiciste, y aunque una imagen puede valer por mil palabras tus fotos no me dijeron gran cosa. Esas instantáneas tomadas cuando tenías veinte o treinta y pocos años sólo revelaban cambios en el estilo de la indumentaria, un aumento de peso temporal durante tu estancia en Nueva York y una pérdida subsiguiente en cuanto te marchaste de allí, aparte de cierta tendencia a ponerse muy serio cuando te colocabas delante de una cámara.

Nunca fuiste muy aficionado a sonreír, ¿verdad? En cierta forma esa expresión que mantenías tan obstinadamente era casi keatonesca, y muy parecida a la que Buster hizo famosa en sus películas. Cuando nos conocimos años después no tardé en descubrir que su expresión ocultaba un hombre muy distinto de la imagen impasible que proyectaba profesionalmente. Pero ¿ocurría lo mismo contigo? Supongo que no importa porque, a diferencia de Buster, tu cara nunca fue tu fortuna.

Tu fortuna estaba en tu mano, y cuando digo eso no me estoy refiriendo a los hallazgos de la quiromancia. Hablo de algo casi único en nuestra sociedad, de un apéndice que te hacía destacar y te distanciaba de tus congéneres.

Tu mano jamás modeló bolas de nieve, arrojó balones, cogió un cigarrillo, cortó una baraja de cartas, sostuvo un vaso de whisky o hizo girar el volante de un automóvil. Pero un día esa mano extrañamente falta de experiencia cogió una pluma para escribir una sola palabra. Y cuando tu mano escribió la palabra Cthulhu sobre el papel hizo que emprendieras el camino a la fama.

Tu viaje fue largo y difícil, y estuvo lleno de obstáculos y desvíos; fue un viaje que te llevó al reconocimiento y la fama póstumos, como también ocurrió en el caso de Poe.

Y, como a Poe, no te faltaron los detractores, incluso después de haber muerto. Durante algunos años ciertos colegas, editores y una parte del mundillo académico atacaron tus peculiaridades, tanto en el aspecto personal como en el profesional. El blanco principal de sus dardos parecía ser lo excesivo de tu estilo, las hipérboles y lo recargado de tu prosa. Pero sospecho que no era ésa la auténtica razón oculta detrás de aquellos ataques, los cuales solían estar formulados con abundancia de excesos estilísticos e hipérboles y estaban escritos en su propia variedad de prosa recargada.

Tengo la impresión de que quizá sentían un cierto resentimiento consciente o inconsciente provocado por la cosmogonía que creaste, lo que ha acabado siendo conocido como Mitos de Cthulhu.

El verdadero problema, señor Lovecraft, es que eras un escritor religioso.

Tus Mitos rechazaron los textos bíblicos y los sustituyeron con una nueva teología que poseía sus propios dioses, su propia explicación de la creación y la insignificancia de la humanidad en un cosmos desprovisto de ley o valores morales. El abandono del antropocentrismo, tu despectivo pasar por alto los conceptos del bien y el mal, lo que es correcto y lo que no debe hacerse.., eso es lo que puso tan nerviosos a los devotos creyentes. El que eliminaras las explicaciones basadas en la ciencia causó una indignación igualmente intensa entre los ateos ortodoxos.

Y tu forma de llevar a cabo tal tarea hizo que fueses todavía más irritante. Tus relatos eran narraciones hechas por hombres inteligentes y educados cuyo escepticismo era implacablemente vencido ante la prueba de que los horrores innombrables existían. Entretejiste tu extraño mundo con el cosmos que conocemos y le diste plausibilidad, reforzando tus relatos con lógica interna y una aterradora consistencia.

En algunos de los relatos no basados en los Mitos tu imaginación llegó mucho más allá que la de tus contemporáneos. Hoy gran parte de la fantasía sobrenatural ha conseguido su mayor popularidad en las películas, pero incluso ahora las comparaciones demuestran que tu obra sigue siendo única en su osadía y amplitud de miras.

La semilla del diablo es la historia de un hijo del diablo, uno de los muchos que se pueden hallar en el folklore y la fábula. Pero su engendro satánico de ojos extraños no es nada comparado con la aterradora descendencia de Lavinia Whateley y Yog-Sothoth, su significativo cónyuge, en El horror de Dunwich.

Responder a La llamada de Cthulhu hace que los hombres enloquezcan, y las pesadillas turban el sueño de ciertos artistas e intelectuales esparcidos por todo el mundo, anunciando el regreso del dios-monstruo atrapado en el sueño que no es muerte bajo mares lejanos, la entidad que se prepara para emerger de su cautiverio y asolar la tierra. Pero todas las pesadillas numeradas de los adolescentes con acné que viven en Elm Street no pueden producir nada más aterrador que el viejo Freddy y su cara llena de cicatrices.

Poltergeist nos ofrece una casa construida sobre un viejo cementerio indio que amenaza a niñitos inocentes y los arrastra al limbo que hay más allá del armario del dormitorio. Los efectos especiales son excelentes y la banda sonora te deja sordo, pero la premisa es muy poco convincente.

Ahí es donde les venciste a todos, amigo mío. Sabías que la frialdad de la lógica provoca los peores escalofríos. Las ratas en tus paredes, los sueños en tu casa de la bruja, los susurros en tu oscuridad..., hay una razón para todo eso.

Al comienzo fue el estilo lo que atrajo imitadores. Muchos jóvenes escritores -yo mismo incluido-, intentamos escribir relatos tipo Lovecraft, frecuentemente usando conceptos de los Mitos con tu pleno y generoso permiso. Pero con el paso del tiempo la mayoría de nosotros acabamos comprendiendo, cada uno a su manera, que el auténtico secreto de tu genio no estaba en la adjetivitis, las referencias a deidades extrañas mencionadas en extrañas obras de referencia o el fiarse de las cursivas y los signos de admiración para enfatizar ciertos pasajes. El auténtico secreto de un buen relato de Lovecraft radicaba en su habilidad para crear una suspensión temporal de la incredulidad. Su capacidad de conseguir que lo increíble pareciese creíble hizo que esos relatos poseyeran una vida literaria que ha perdurado hasta el día de hoy.

El día de hoy marca el centenario de tu nacimiento. Más de la mitad de ese período ha transcurrido desde que escribiste tus últimas obras, pero tu influencia ha aumentado en vez de debilitarse. Cada día se descubren nuevos escritores, pero lo que mantiene vivos sus nombres y sus creaciones es el redescubrimiento continuo.

Algunos de los escritores que han colaborado en este volumen nacieron después de tu muerte. Pero todos ellos dieron comienzo a sus carreras después de haber descubierto su propio camino al reino de la fantasía, reino del que sigues ocupando el trono. Todos ellos, de una forma o de otra, sufrieron la influencia de lo que escribiste. Sus contribuciones a estas páginas son un homenaje a tu memoria.

Bien, señor Lovecraft, vas a empezar tu segundo siglo como maestro indiscutido de la literatura fantástica..., y puede que en sí mismo eso sea una fantasía que jamás llegaste a imaginar.


HABLA CHARLES DEXTER WARD
Fernando Savater

Hazte idea de que me refiero directamente a ti, a ti y no a otro cualquiera. Odio tu paz, lector; detesto la placidez doméstica, cuyo detalle preciso desconozco pero que sé intercambiable con cualquier otra, en la que te arropas al leer estas líneas. ¿Dónde estaré yo cuando me leas? Ese interrogante ha de parecerte trivial porque ignoras -¡bendita ignorancia!- hasta qué punto habría de resultarte inimaginable su respuesta. Pero, a fin de cuentas, quizá tú y yo estemos más cerca de lo que parece. Sí, estoy muy cerca de ti, quizá demasiado para tu seguridad… Tu trivialidad sin sobresaltos hunde sus raíces en el negro destino que habito: ahí, ahí mismo, ¿no me ves?, gesticulando como un alma en pena al otro lado del espejo frente al que te afeitas, arañando con infinita dentera el terciopelo desteñido de tus sueños, cuchicheando sin tregua en el rincón donde sueles dejar tu ropa por las noches y cuya penumbra resiste los esfuerzos de la lámpara de la mesilla, ahí mismo, ahí, aunque no me veas… Pero sospecho que eres en realidad más hipócrita que auténticamente ciego; aunque no me percibas con plena nitidez –lo que te destruiría, lo que nos haría para siempre hermanos- no te faltan atisbos innegables de mi presencia. A menudo te estremeces involuntariamente al rememorar el olor de cierto cajón que abriste hace muchos años, siendo, niño, en el desván de una casa de campo que ya no existe y dentro del cual no había –no podía haber- nada; o te apresuras injustificadamente al cruzar el gabinete apagado, en cuya tiniebla suena angustiosamente el teléfono; o repliegas con excesiva viveza tu mano que colgaba descuidadamente de la cama, esa mano a la que de pronto ha helado la posibilidad de no sé qué roce… ¿Ves? ¿Oyes algo? ¿Hueles? Y sin embargo no sabes nada, nada en absoluto. Has tenido suerte y ninguna revelación como la que yo tuve te ha quitado todavía la despreocupación apenas amenazada. Pero no me compadezcas demasiado: ¡quién sabe lo que se encargará algún día de instruirte!

Somos recién llegados, ¿no lo notas?, somos el último latido –por ahora- de un metrónomo interno. Sólo un ingenuo pretencioso puede lamentar esta juventud cósmica que nos preserva de complicidades abominables, abrumadoras… Como niños frente a un mal que ya imperaba desde antes de que nuestros abuelos fueran concebidos, nos acogemos al perdón, al resguardo y al olvido que dispensan venerables tradiciones de raíz desconocida o rituales racionalizadores cuyo sentido último se nos escapa. Nuestras ambiciones son pequeñas –aunque a veces, risiblemente, las llamemos “desmesuradas”- y pequeños nuestros placeres y nuestras responsabilidades: gracias a esto, son pequeños nuestros terrores. Así vamos viviendo, sin vértigo ni frenesí, y añadimos ramitas y barro, como los castores, a la presa minúscula con la que tratamos de remansar el fluir oscuro de energías ancestrales. Pero cierto día a algunos nos crece dentro un latido sordo y algo indomeñable empieza a desperezarse en nuestro pecho. Es un ardor que embriaga, un desasosiego que nos llega a ser más querido que la serenidad obtusa que antes disfrutábamos: y todo pierde su sabor y su contento, salvo ese latido que toca a rebato desde el recién descubierto precipicio de nuestra intimidad. ¡Ah, esa sed nueva, que pide sin cesar conocimiento prohibido, manuscritos de caligrafía parda y amenazadora, infolios encuadernados en una piel sobre cuya procedencia caben las más estremecedoras conjeturas! Entonces empezamos a visitar a libreros de gestos obscenos, perdidos entre su polvorienta y olvidada mercancía con baboso reptar de gusanos ciegos; nuestras noches se hacen insoportablemente más largas que nuestros días y el alba nos sorprende a veces –sorpresa es sin duda la palabra- hurgando entre las ennegrecidas piedras der algún descampado o vagando por algún muelle desierto, a la espera de que cierto buque oriental desembarque a hurtadillas su alucinante carga. Un día, de repente, nos reímos con una risa que no nos pertenece, pero que nos sale de muy dentro. Dejamos de frecuentar los espejos y, tras una última y desconcertada –o espantada- visita, nuestros mejores amigos renuncian para siempre a volver a vernos. Y lo más terrible de todo esto es que apenas advertimos tales cambios hasta después.

Se acabó mi ficticia juventud, lector maldito: ahora sé que provengo de lo más remoto. Nací con los helechos gigantes y los dragones prehistóricos, cuando la tierra era furor y lava; tengo parientes –a los que conozco- en las estrellas, me he arrastrado por el limo del cual mucho después fue hecho el hombre y he devorado materias orgánicas que hoy nadie sabría identificar. Y allí estaban ya Ellos: entonces los conocí y Ellos me reconocieron como suyo, no hay olvido posible, se desfondan los cimientos de la inocencia. Me arrastré ante la inmunda majestad de su poder y Ellos me dieron sus órdenes, que guardo grabadas a través de los milenios en el cogollo más recóndito de mi alma. Luego hubo batallas inimaginables y Ellos tuvieron que retirarse a dormir, transitoriamente derrotados por un cierto equilibrio de Luz. Dormir, dormir… pero no están muertos, no, pues no muere lo que puede dormir eternamente. Desde su sueño me repiten una y otra vez sus órdenes, las que enterraron en mi carne cuando yo era su esclavo: órdenes que para mí ahora son indecible perversión y muerte, pero para Ellos son simple rezumar de su primigenia naturaleza. No vuelvas la vista lector, es a ti a quien hablo: quizá también tú estés próximo a despertar. Pronto habrás de venir a donde yo habito, si es que antes no te alcanzo…



CAMINABA DE NOCHE*
David Monroy Gómez

Caminaba de noche y estaba solo.
Recorría Providence, su ciudad, y las sombras y los recuerdos lo acompañaban. Le susurraban historias, le participaban secretos.
Las tinieblas hablaban con él.
Sabía que la palabra es la llave y la puerta.
Pasaba los días recluido, lejos de la luz del sol. En su cabeza había paisajes: el horror de los hielos eternos, una mágica prisión bajo el mar, un pueblo dominado por una criatura invisible, una granja donde vivía un color extraterrestre.
Escuchaba las negras canciones del caos y escribía acerca de ellas.
Estaba solo. Lo acompañaban, a la distancia, muchos corresponsales. Pasaba muchas horas de su vida escribiendo cartas, opinando acerca del rumbo de su época y de las cosas que amaba y las que lo disgustaban. Las cartas eran su ventana al mundo.
No sería recordado por innovar; al contrario, su lenguaje arcaico y estridente era una supervivencia del siglo XIX. Se encontraba anclado en el ayer, un ayer que imaginaba mejor que el diario acontecer de su limitada y difícil vida cotidiana. Sin embargo, soñaba despierto con amplias regiones vacías, con yermos azotados por el viento, con la oscuridad entre las estrellas.
En su soledad observaba las grietas que aparecían en el mundo. Veía el amenazante rostro del caos.
En realidad, no lo preocupaban los posibles Apocalipsis insinuados en su obra: no creía en su propia mitología. Sus principales intereses eran la diaria supervivencia y la creación. Construyó su obra con sueños y pesadillas. Convirtió sus males espirituales y corporales en prosa y poesía. Construyó puertas y las abrió a otros mundos.
No conoció Hiroshima ni Nagasaki, no opinó acerca de Vietnam, no vio la primera guerra televisada, no se aterró con los Balcanes, no se estremeció con la caída de las Torres, no vio los derrames de petróleo, no supo del terror cotidiano del narcotráfico, no supo de los cientos de mujeres desaparecidas. Y sin embargo lo vio todo: vio un Nuevo Orden Mundial donde el individuo no importa, sólo los antiguos dioses del dinero, la explotación, lo enajenante, la muerte.
Vio un mundo dominado por la oscuridad del corazón humano.
Ahora, la ficción de horror, la suya y la de sus colegas, se ve empequeñecida por la primera plana, por ocho columnas que chorrean sangre y que muestran la destrucción sistemática de cuerpos y almas.
Su obra no es una fuga, sino una descripción de los tiempos por venir. No es que sus dioses-monstruos sean “malos”: es que el ser humano no les importa. No les interesa el futuro ni el bien colectivo: les importa el ahora, el despliegue de poder, el miedo y el exceso.
Conoció la soledad cósmica, el desesperante conocimiento de saberse superado por la Historia y los Poderes Ocultos.
Y supo que en esta soledad hay una belleza terrible, que nuestra condición de espíritus encarnados que sólo están un momento sobre la tierra debería movernos hacia el amor, hacia la creación. Comprendió que elegimos ser monstruos cuando podemos ser dioses. Comprendió que el sueño tiene el poder de transformar la realidad y que la pesadilla también.
Y optó por la creación, por el arte, que le permitió el ilusorio control sobre un humilde mundo literario más o menos coherente, menos aterrador que el real.
No supo que su obra inspiraría libros, películas, juegos de video, música, pinturas y dibujos. No supo que poco a poco sus palabras se instalarían en la cultura pop ni que su apellido derivaría en adjetivo.
Permaneció fiel a las tinieblas que le hablaban.
Y un día murió como había vivido, solo.
Ahora, 120 años después, sigue caminando de noche, en un tiempo que abarca todos los tiempos y se proyecta hacia un futuro oscuro, no amenazado por engendros mitológicos, sino por los horrores físicos y mentales creados por la raza humana, por el poder, por el desamor, por la indecencia.
Camina de noche y ahora lo acompañan millones de personas en todo el mundo y los pasos de todos ellos resuenan como truenos a través del tiempo y del espacio.
Ya no está solo. Ahora la humanidad camina con él.

*Este texto fue leído el pasado 05 de Agosto en el homenaje De Innsmouth a La Viga. Amablemente, David permitió que lo reprodujéramos en El enebro. Aquí información de sus libros (ampliamente recomendados por El enebro): Lovecraftiana y La caza en el laberinto. Y no se pierdan su excelente ensayo Borges y Lovecraft: There are more things.


TULJÚ ROJO
Miguel Antonio Lupián Soto

I Desnudo sobre una cama de agua pútrida.
II Heridas por cicatrizar; memoria perdida.
III Me incorporo lentamente aferrándome a las mohosas paredes del estrecho pasillo.
IV Avanzo sin mirar atrás sintiendo lo húmedo e infecto del suelo que piso.
V Luz ámbar mortecina ilumina brevemente el camino.
VI Las paredes carcomidas muerden mis dedos; el techo angulado me mira con desprecio.
VII Sienten mi presencia del otro lado: olfatean y raspan las paredes a mi paso.
VIII Hojuelas carmesí flotan en el enrarecido ambiente.
IX Un portal con mensajes indescifrables para los ojos legos: el final, el inicio.
X Charcos burbujeantes que elevan su nivel; brisa ictérica violando todo a su alrededor.
XI Despierta.
XII Rojos tentáculos de vida independiente cuelgan de su pulposo rostro.
XIII Alas membranosas se extienden lentamente recobrando su eónica movilidad.
XIV -¡Oh Dios de Dioses, he atravesado el umbral del tiempo para decirte que te pertenezco!
XV Mientras soy acariciado por fálicos tentáculos y abrazado por rústicas alas, sonrío… al fin.

Con esto terminamos la semana de Lovecraft e inauguramos la sección CUADRO DE HORROR.

Como pilón, El enebro pone a su disposición una serie de playeras con motivos Lovecraftianos:











Para mayor información dejen su correo en Comentarios.

2 comentarios:

sonia dijo...

Hola!! me encanta el maestro Lovecraft, y me rayó la última playera. Podrías enviarme información al respecto??

mi correo es kalessin72@hotmail.com

Janda dijo...

Hola hola, ya sé que este post tiene año y medio, pero curioseando por el blog me topé con estos fenomenales diseños!

Aún puedo conseguirlos??
Mi correo janda369@msn.com
Gracias! ;)